Llegué a la Plaza de la Iglesia, imagino que corriendo. Necesitaba huir. De mis miedos y de todo lo que acababa de ocurrir. Enfrente quedaba la parada de autobuses del cine Almirante, subí al primero que pasó. Pagué y me fui al espacio vacío que aquellos vehículos tenían al final. Desde allí podía mirar al cielo por la ventanilla, necesitaba aire y no ver nada ni nadie. Aire. Respiré. Cuatro minutos más tarde me di cuenta de que no había tomado ni el autobús de la línea uno, ni el de la dos, que eran los que acostumbraba a coger, sino el de la línea cuatro que, en aquellos años, era la línea que llegaba a la Casería de Ossio bordeando la ciudad por el noreste.
La Casería nació como barrio de pescadores, fue uno de los primeros asentamientos en el interior de la bahía de Cádiz. Luego llegaron los militares a fundar la Carraca, el Tercio Sur, el Real Observatorio, las Academias, los cuarteles, los campos de tiro y maniobras, la Capitanía, el Panteón de Marinos Ilustres y el Hospital Militar de San Carlos (donde nací) del que ya sólo quedaba el dintel de la puerta principal, conservado en una placita conmemorativa. Lo demolieron cuando, justo al lado, edificaron otro más moderno, de doce plantas y con todos los servicios. Coincidencias de la vida: la fecha del derribo fue mil novecientos ochenta y uno, el mismo año en que todos supimos que la democracia en España no tenía vuelta atrás. A aquella Isla en la que yo viví, la Historia le había dado una patada en el culo y la había arrojado a su dilución para que quedara cada vez menos de aquella Isla militarizada y catoliquísima, que tanto se resistía a admitir los sonidos, luces, aires y vidas nuevas que el presente del resto del país nos traía.
Siendo honestos, en aquellos años ya sólo quedaban del pasado los nombres y cuatro recuerdos, aunque también (y pesando mucho) las tradiciones... y las actitudes. Las actitudes de los que seguían influyendo, las actitudes que impedían al futuro atravesar el Zuazo... así que hablar de La Isla de los años ochenta del siglo veinte, es hablar de gentes antiguas y de privilegios: los privilegios que esta gente antigua no quería perder, los privilegios que nunca tuvieron las gentes sencillas del pueblo. Y, lo que era peor, también es hablar de cómo, y a costa de qué, se mantenían estos privilegios donde siempre habían estado. No hablo de privilegios económicos ni de poder (¡ya hubiesen querido los señoritos isleños llegar a tanto!) sino los privilegios de casta, de pertenecer a una buena familia, de no tener que dejar los estudios para ayudar en casa porque el trabajo de tu padre es precario, de que tu madre no limpie, friegue, planche, guise, cosa, barra y se sienta inferior por lo que venían a ser euro y medio la hora. Los que mantenían las diferencias entre isleños y cañaíllas a favor de los primeros pero que los segundos tampoco se mataban por cambiar. A veces, protestar cantando una letra satírica en carnavales, bastaba para el resto del año. Eso si, por un lado los isleños se encargaban de que te quedase muy claro que eras muy poca cosa y que por eso no pertenecías a su grupo. Por el otro, la ignorancia de los cañaíllas les compelía a atacar todo lo que fuese diferente. Entre unos y otros, no es difícil imaginar cómo nos fue a algunos en los años extra que tardaron la cultura, la tolerancia y el respeto en aparecer por La Isla.
Pero volviendo al autobús y por suerte para mí, a pesar de no haberme subido al habitual, la línea cuatro de autobuses también hacía parada cerca de mi casa, justo en la puerta de la salina de San Juan. Lo pensé ya casi pasando la Venta de Vargas: no me bajaría allí sino una parada más adelante, en la barriada Bazán, y caminaría unos metros hasta la entrada de otra de las salinas que por allí había, la de San Vicente.
Yo me inventé una Isla distinta y acogedora para mí en la que no vivía nadie, sólo yo. Una Isla que comenzaba donde lo hacían las salinas y que todavía guardaba el cariño de las marismas y de los salineros que se ganaban su vida, poniendo aguas a evaporarse al sol. Mi Isla comenzaba bajo el Puente de Hierro, el puente que daba acceso al Arsenal de la Carraca, en el extremo más interior de la Bahía de Cádiz. Allí estaba la dársena donde la flota podía guarecerse del enemigo y ser reparada. Lo que yo necesitaba.
El autobús se detuvo en su parada. Bajé, anduve los metros hasta la entrada de la (casi) abandonada salina de San Vicente y recorrí, entre cañas a mi izquierda y esteros a mi derecha, el sendero de tierra que acababa a tres metros del hormigón del basamento del puente, en la orilla del caño.
No hay río bajo el Puente de Hierro. No hay ríos en la Isla, sólo pozos de los que sacar el agua. O aljibes en los bajos de los patios, donde se acumulaba el agua de lluvia tal como se hacía cuando La Isla era romana. Pero no hay ríos allí. Incluso los que se apellidan “río”, no lo son. El río Arillo, el que separa La Isla de Cádiz, es en realidad un brazo de marisma. Y lo que navegaba bajo el Puente de Hierro también: el caño Zurraque. El mismo caño que pasa bajo el Zuazo, el puente tras el que comenzaba la tierra firme. A la que yo me iría cuando dejase de estar gobernado por la zozobra.
Siempre lo supe: “algún día cruzaré el Zuazo y La Isla quedará definitivamente a mi espalda”. Apenas pudiera lo haría. Porque, como me había dicho mi madre, sólo allí -donde nadie me conociese- podría ser yo mismO... hasta entonces, me debía conformar con sentarme a orillas del Zurraque, sobre el hormigón, para perder mi vista en las aguas de turmalina verde que emigraban hacia el sur, señalándome adónde se dirigían mis ganas de perderme.
El Zurraque resbala bajo los ojos del Zuazo, da vueltas y vueltas por las marismas, se bifurca y pierde uno de sus brazos que se convierte en “vueltas de periquillo”, donde los salineros estrechan los cauces de los caños para disminuirles el caudal y obligar al agua a evaporarse y dejar sobre el lecho casi seco, su costra de sal. Pero al otro brazo del Zurraque nadie le impidió jamás seguir descendiendo hasta encontrarse con el caño de Sancti Petri de forma que, ahora ya sí juntos, bajaban rectos hacia el sur, a desembocar en el Atlántico, justo frente al islote donde estuvo el templo fenicio de Melkart. Un templo que había sido fundado tres mil años antes. Antes incluso de que al héroe comenzasen a llamarle Hércules.
En el Museo Arqueológico de Cádiz, yo había visto las cosas maravillosas que los buceadores encontraron entre las ruinas sumergidas: las estatuas, los exvotos, los anillos, los perfumarios y los adornos para los vestidos. Y las monedas, acuñadas con Melkart cabalgando un caballito de mar. Los navegantes fenicios arrojaban monedas a un estanque del templo para hacer sus peticiones... yo pedía huir aunque no fuese a lomos, sino apenas sujeto por las yemas de mis dedos al extremo de la cola de un caballito de mar... y le pedí al Zurraque, por enésima vez, que llevase mi súplica al estanque desaparecido del templo:
- Quiero irme de aquí.
A veces se levantaba una racha de viento que limaba la superficie del caño y le arrancaba algunas espumas. Parecía una respuesta. Un si, un no. Un algo a lo que aferrarme en mi soledad. Mejor loco que abandonado. Pensaba, pensaba, pensaba...
- ¿Por qué tiene que ser todo tan difícil? ¿con quién me he metido yo para merecerme esto?
Y me puse a llorar durante no sé cuánto tiempo. Lloré pensando en la Toñi, en el puñetazo que le habían dado, en todos los que me dieron a mí, en cómo se rieron mis compañeros el primer día de instituto cuando en secretaría me pusieron “Patricio” en la lista de clase y la profesora no se creía que fuese “Patricia” cuando le pedí que lo rectificase. Lloré pensando en mi vida en el barrio, y en el colegio. En todas las veces que tenía que pasear solo por el patio, porque nadie quería jugar conmigo. En mis poemas, que nadie leería, donde escribía lo que no podía decir. En aquella soledad mía tan furiosa que me arrancaba las ilusiones una tras otra... en que nunca hubo nadie que hiciese nada por mí. En que, probablemente, así continuaría siendo.
Yo seguía llorando y maldiciendo mi existencia, perdido ya en un bucle obsesivo dentro del cual no hacía otra cosa que preguntarme a mí mismo el por qué de que me hubiese tenido que tocar a mí. Lloré, lloré, lloré, me puse de pie, salté por encima de todas la piedras que se despeñan hacia el curso del Zurraque, cogí algunas, las arrojé con furia contra el agua, contra el puente, contra las cañas de la vereda. Pensé en estrellarme alguna contra la frente pero no llegué a estar tan ido. Grité, maldije, me cagué en la puta madre del que eligió mi vida, solté mocos a chorros, gemí, chillé, chillé, chillé... y caí exhausto, de rodillas, con las palmas de mis manos sobre aquellas piedras cubiertas de algas. Caí al suelo, al final de la catarsis, liberado de mi angustia y de mi pánico. Caí con los pulmones tan abiertos y las fosas nasales tan despejadas que el olor a yodo penetró mi cerebro hasta la nuca. Y respiré tres grandes bocanadas. Y, al exhalar la tercera, comprendí mis propias palabras de respuesta:
- ¿Y por qué a otro?
La mañana seguía tierna, aunque ya era mediodía. El sol, que también seguía blando, brillaba en su momento más alto, allá en el sur. Desde el Puente de Hierro, se le veía sobrevolando el Zuazo, como un broche fosforescente colgado sobre un inmenso paño azul. Las pirámides de sal, erguidas por todas partes, parecían las patas del cielo. Otra ráfaga de aire limó el agua, salpicándolo todo de gotas que, atravesadas por la luz, me regalaron un arco iris momentáneo. Quizá sí fuese una respuesta.
¿Qué hubiese pasado si le hubiese tocado a otro? Sería otro el que hubiese tenido que soportar aquella gran putada y no yo. O no. Quizá a mí me hubiese ocurrido otra gran putada de los cientos de miles que nos pueden suceder. No tener brazos, o piernas, o quedarme en silla de ruedas. O perder la visión, o enfermar de leucemia, o necesitar diálisis. Cualquiera de todas las catástrofes del mundo me podía haber pasado a mí. Porque, como acababa de razonar, a todos nos toca algo. Y, en aquel momento de mis sólo dieciséis años, me conformé con aprender a sobrellevarlo.
Pensé en que me encantaría dejar de esconderme. Salir al mundo y decirles lo que había sucedido conmigo. Contarles que era un hombre y que, desde ese momento, debían tratarme como tal. Llamarme por el nombre que me hubiesen puesto mis padres al nacer si nada de aquello de mis genitales hubiese tenido lugar. Y levantar la cara. Levantarla mucho y plantarme delante de todos los “Tomás Pablos” de La Isla. Y que cuando vinieran a por mí me encontrasen, no como un naranjo, ni siquiera como una palmera, sino aún más alto y visible, como un fuego artificial. Y que si se les ocurría dañarme, iban a salir mucho más perjudicados que yo. Él y todos los demás que se atrevieran. Aún, eso sí, no se me pasaba por la cabeza cómo podría lograrlo. Imaginé que, estando tan perdido, lo mejor sería dejar que las cosas sucediesen solas porque nada estaba en mi mano y nada podía hacer más que dejarme llevar.
Y, por si acaso me escuchaban, pedí ayuda a los dioses. Metí la mano en el bolsillo derecho de mi pantalón y saqué varias monedas. Tomé una de veinte duros y guardé el resto. La apreté fuerte dentro de mi puño. Abrí la mano de nuevo y besé la moneda. Luego la sujeté con dos de mis dedos. Cerré los ojos, pedí: “que en mi carnet de identidad, ponga Gabriel José Martín Martín, sexo: varón” y lancé la pieza todo lo lejos que fui capaz. Oí el chapoteo que hizo al zambullirse en el caño. El Zurraque se la llevaría a Melkart-Hércules, el héroe valiente de los que buscan nuevos puertos.
Sería la una, o la una y algo. Pensé en volver a casa. Me habían vuelto las ganas de comer.
La Casería nació como barrio de pescadores, fue uno de los primeros asentamientos en el interior de la bahía de Cádiz. Luego llegaron los militares a fundar la Carraca, el Tercio Sur, el Real Observatorio, las Academias, los cuarteles, los campos de tiro y maniobras, la Capitanía, el Panteón de Marinos Ilustres y el Hospital Militar de San Carlos (donde nací) del que ya sólo quedaba el dintel de la puerta principal, conservado en una placita conmemorativa. Lo demolieron cuando, justo al lado, edificaron otro más moderno, de doce plantas y con todos los servicios. Coincidencias de la vida: la fecha del derribo fue mil novecientos ochenta y uno, el mismo año en que todos supimos que la democracia en España no tenía vuelta atrás. A aquella Isla en la que yo viví, la Historia le había dado una patada en el culo y la había arrojado a su dilución para que quedara cada vez menos de aquella Isla militarizada y catoliquísima, que tanto se resistía a admitir los sonidos, luces, aires y vidas nuevas que el presente del resto del país nos traía.
Siendo honestos, en aquellos años ya sólo quedaban del pasado los nombres y cuatro recuerdos, aunque también (y pesando mucho) las tradiciones... y las actitudes. Las actitudes de los que seguían influyendo, las actitudes que impedían al futuro atravesar el Zuazo... así que hablar de La Isla de los años ochenta del siglo veinte, es hablar de gentes antiguas y de privilegios: los privilegios que esta gente antigua no quería perder, los privilegios que nunca tuvieron las gentes sencillas del pueblo. Y, lo que era peor, también es hablar de cómo, y a costa de qué, se mantenían estos privilegios donde siempre habían estado. No hablo de privilegios económicos ni de poder (¡ya hubiesen querido los señoritos isleños llegar a tanto!) sino los privilegios de casta, de pertenecer a una buena familia, de no tener que dejar los estudios para ayudar en casa porque el trabajo de tu padre es precario, de que tu madre no limpie, friegue, planche, guise, cosa, barra y se sienta inferior por lo que venían a ser euro y medio la hora. Los que mantenían las diferencias entre isleños y cañaíllas a favor de los primeros pero que los segundos tampoco se mataban por cambiar. A veces, protestar cantando una letra satírica en carnavales, bastaba para el resto del año. Eso si, por un lado los isleños se encargaban de que te quedase muy claro que eras muy poca cosa y que por eso no pertenecías a su grupo. Por el otro, la ignorancia de los cañaíllas les compelía a atacar todo lo que fuese diferente. Entre unos y otros, no es difícil imaginar cómo nos fue a algunos en los años extra que tardaron la cultura, la tolerancia y el respeto en aparecer por La Isla.
Pero volviendo al autobús y por suerte para mí, a pesar de no haberme subido al habitual, la línea cuatro de autobuses también hacía parada cerca de mi casa, justo en la puerta de la salina de San Juan. Lo pensé ya casi pasando la Venta de Vargas: no me bajaría allí sino una parada más adelante, en la barriada Bazán, y caminaría unos metros hasta la entrada de otra de las salinas que por allí había, la de San Vicente.
Yo me inventé una Isla distinta y acogedora para mí en la que no vivía nadie, sólo yo. Una Isla que comenzaba donde lo hacían las salinas y que todavía guardaba el cariño de las marismas y de los salineros que se ganaban su vida, poniendo aguas a evaporarse al sol. Mi Isla comenzaba bajo el Puente de Hierro, el puente que daba acceso al Arsenal de la Carraca, en el extremo más interior de la Bahía de Cádiz. Allí estaba la dársena donde la flota podía guarecerse del enemigo y ser reparada. Lo que yo necesitaba.
El autobús se detuvo en su parada. Bajé, anduve los metros hasta la entrada de la (casi) abandonada salina de San Vicente y recorrí, entre cañas a mi izquierda y esteros a mi derecha, el sendero de tierra que acababa a tres metros del hormigón del basamento del puente, en la orilla del caño.
No hay río bajo el Puente de Hierro. No hay ríos en la Isla, sólo pozos de los que sacar el agua. O aljibes en los bajos de los patios, donde se acumulaba el agua de lluvia tal como se hacía cuando La Isla era romana. Pero no hay ríos allí. Incluso los que se apellidan “río”, no lo son. El río Arillo, el que separa La Isla de Cádiz, es en realidad un brazo de marisma. Y lo que navegaba bajo el Puente de Hierro también: el caño Zurraque. El mismo caño que pasa bajo el Zuazo, el puente tras el que comenzaba la tierra firme. A la que yo me iría cuando dejase de estar gobernado por la zozobra.
Siempre lo supe: “algún día cruzaré el Zuazo y La Isla quedará definitivamente a mi espalda”. Apenas pudiera lo haría. Porque, como me había dicho mi madre, sólo allí -donde nadie me conociese- podría ser yo mismO... hasta entonces, me debía conformar con sentarme a orillas del Zurraque, sobre el hormigón, para perder mi vista en las aguas de turmalina verde que emigraban hacia el sur, señalándome adónde se dirigían mis ganas de perderme.
El Zurraque resbala bajo los ojos del Zuazo, da vueltas y vueltas por las marismas, se bifurca y pierde uno de sus brazos que se convierte en “vueltas de periquillo”, donde los salineros estrechan los cauces de los caños para disminuirles el caudal y obligar al agua a evaporarse y dejar sobre el lecho casi seco, su costra de sal. Pero al otro brazo del Zurraque nadie le impidió jamás seguir descendiendo hasta encontrarse con el caño de Sancti Petri de forma que, ahora ya sí juntos, bajaban rectos hacia el sur, a desembocar en el Atlántico, justo frente al islote donde estuvo el templo fenicio de Melkart. Un templo que había sido fundado tres mil años antes. Antes incluso de que al héroe comenzasen a llamarle Hércules.
En el Museo Arqueológico de Cádiz, yo había visto las cosas maravillosas que los buceadores encontraron entre las ruinas sumergidas: las estatuas, los exvotos, los anillos, los perfumarios y los adornos para los vestidos. Y las monedas, acuñadas con Melkart cabalgando un caballito de mar. Los navegantes fenicios arrojaban monedas a un estanque del templo para hacer sus peticiones... yo pedía huir aunque no fuese a lomos, sino apenas sujeto por las yemas de mis dedos al extremo de la cola de un caballito de mar... y le pedí al Zurraque, por enésima vez, que llevase mi súplica al estanque desaparecido del templo:
- Quiero irme de aquí.
A veces se levantaba una racha de viento que limaba la superficie del caño y le arrancaba algunas espumas. Parecía una respuesta. Un si, un no. Un algo a lo que aferrarme en mi soledad. Mejor loco que abandonado. Pensaba, pensaba, pensaba...
- ¿Por qué tiene que ser todo tan difícil? ¿con quién me he metido yo para merecerme esto?
Y me puse a llorar durante no sé cuánto tiempo. Lloré pensando en la Toñi, en el puñetazo que le habían dado, en todos los que me dieron a mí, en cómo se rieron mis compañeros el primer día de instituto cuando en secretaría me pusieron “Patricio” en la lista de clase y la profesora no se creía que fuese “Patricia” cuando le pedí que lo rectificase. Lloré pensando en mi vida en el barrio, y en el colegio. En todas las veces que tenía que pasear solo por el patio, porque nadie quería jugar conmigo. En mis poemas, que nadie leería, donde escribía lo que no podía decir. En aquella soledad mía tan furiosa que me arrancaba las ilusiones una tras otra... en que nunca hubo nadie que hiciese nada por mí. En que, probablemente, así continuaría siendo.
Yo seguía llorando y maldiciendo mi existencia, perdido ya en un bucle obsesivo dentro del cual no hacía otra cosa que preguntarme a mí mismo el por qué de que me hubiese tenido que tocar a mí. Lloré, lloré, lloré, me puse de pie, salté por encima de todas la piedras que se despeñan hacia el curso del Zurraque, cogí algunas, las arrojé con furia contra el agua, contra el puente, contra las cañas de la vereda. Pensé en estrellarme alguna contra la frente pero no llegué a estar tan ido. Grité, maldije, me cagué en la puta madre del que eligió mi vida, solté mocos a chorros, gemí, chillé, chillé, chillé... y caí exhausto, de rodillas, con las palmas de mis manos sobre aquellas piedras cubiertas de algas. Caí al suelo, al final de la catarsis, liberado de mi angustia y de mi pánico. Caí con los pulmones tan abiertos y las fosas nasales tan despejadas que el olor a yodo penetró mi cerebro hasta la nuca. Y respiré tres grandes bocanadas. Y, al exhalar la tercera, comprendí mis propias palabras de respuesta:
- ¿Y por qué a otro?
La mañana seguía tierna, aunque ya era mediodía. El sol, que también seguía blando, brillaba en su momento más alto, allá en el sur. Desde el Puente de Hierro, se le veía sobrevolando el Zuazo, como un broche fosforescente colgado sobre un inmenso paño azul. Las pirámides de sal, erguidas por todas partes, parecían las patas del cielo. Otra ráfaga de aire limó el agua, salpicándolo todo de gotas que, atravesadas por la luz, me regalaron un arco iris momentáneo. Quizá sí fuese una respuesta.
¿Qué hubiese pasado si le hubiese tocado a otro? Sería otro el que hubiese tenido que soportar aquella gran putada y no yo. O no. Quizá a mí me hubiese ocurrido otra gran putada de los cientos de miles que nos pueden suceder. No tener brazos, o piernas, o quedarme en silla de ruedas. O perder la visión, o enfermar de leucemia, o necesitar diálisis. Cualquiera de todas las catástrofes del mundo me podía haber pasado a mí. Porque, como acababa de razonar, a todos nos toca algo. Y, en aquel momento de mis sólo dieciséis años, me conformé con aprender a sobrellevarlo.
Pensé en que me encantaría dejar de esconderme. Salir al mundo y decirles lo que había sucedido conmigo. Contarles que era un hombre y que, desde ese momento, debían tratarme como tal. Llamarme por el nombre que me hubiesen puesto mis padres al nacer si nada de aquello de mis genitales hubiese tenido lugar. Y levantar la cara. Levantarla mucho y plantarme delante de todos los “Tomás Pablos” de La Isla. Y que cuando vinieran a por mí me encontrasen, no como un naranjo, ni siquiera como una palmera, sino aún más alto y visible, como un fuego artificial. Y que si se les ocurría dañarme, iban a salir mucho más perjudicados que yo. Él y todos los demás que se atrevieran. Aún, eso sí, no se me pasaba por la cabeza cómo podría lograrlo. Imaginé que, estando tan perdido, lo mejor sería dejar que las cosas sucediesen solas porque nada estaba en mi mano y nada podía hacer más que dejarme llevar.
Y, por si acaso me escuchaban, pedí ayuda a los dioses. Metí la mano en el bolsillo derecho de mi pantalón y saqué varias monedas. Tomé una de veinte duros y guardé el resto. La apreté fuerte dentro de mi puño. Abrí la mano de nuevo y besé la moneda. Luego la sujeté con dos de mis dedos. Cerré los ojos, pedí: “que en mi carnet de identidad, ponga Gabriel José Martín Martín, sexo: varón” y lancé la pieza todo lo lejos que fui capaz. Oí el chapoteo que hizo al zambullirse en el caño. El Zurraque se la llevaría a Melkart-Hércules, el héroe valiente de los que buscan nuevos puertos.
Sería la una, o la una y algo. Pensé en volver a casa. Me habían vuelto las ganas de comer.